La navidad es soborno infantil

Hay un motivo central y fundamental por el que a la gente le gusta la navidad: los sentimientos placenteros inducidos por los sobornos de sus padres en la infancia temprana. A nadie le amarga un dulce. Cuando un niño recibe obsequios de este modo, comprensiblemente reaccionará como un prisionero al que acaban de absolver: parece que, finalmente, su valor, preferencias y autoestima han sido reconocidos – ¡de repente y todo al mismo tiempo!

Satisfaciendo las necesidades de sus padres incluso mientras duerme

Satisfaciendo las necesidades de sus padres incluso mientras duerme

Pero desde la perspectiva de los padres esto no es tan confuso; este es, después de todo, el propósito de los cumpleaños también.
La idea es concentrar la recompensa en valores que nada tengan que ver con el niño como persona, de forma que la virtud de los padres o cuidadores quede amplificada; al tiempo que estos se baban contemplando el gozo ignorante del niño – también llamado inocencia – y se regocijan en su comprobación de que este viejo proceso de inoculación del síndrome de Estocolmo funciona: su preciosa alma, sobreexcitada con esperanzas de rescate parental y proyectada en sustitutos externos, se está convirtiendo en su yonqui.

Es como una versión más abstracta de la alimentación forzada, en toda su sutileza. La madre – no necesariamente esta – comunica al niño, a todos los efectos, que ella decide lo que entra en su cuerpo, independientemente de sus impulsos naturales de hambre. Esta tanto rechaza aquello que al niño le apetece – que es “malo” – como le castiga por no querer la “buena” comida en el preciso momento en que se le es ofrecida. Más tarde la necesidad biológica de comida será reemplazada por otras necesidades más relacionadas con su sentido de yo, sus preferencias de juego… lo que hace que el proceso continúe igualmente en forma de prohibiciones, tareas, y celebraciones centradas en el niño que se alternan aleatoriamente en el tiempo.

“Come y calla”

Por esto es que la navidad sigue viva, a pesar de la muerte de los valores religiosos y culturales que la originan, y el ridículo estado de confusión en que se encuentran las nuevas generaciones acerca de los valores en general. Ahora puedes hasta organizar una orgía en estas fechas siempre que te pongas los gorritos de navidad; al igual que podías hacer lo que quisieras con tu semana siempre que vinieras a casa para la comida del domingo. Décadas después de la infancia sigues, así, siendo la propiedad psicológica de sus padres.

A quién le gusta esta mierda

A quién le gusta esta mierda

Me pregunto si esos apasionados de la navidad también creen al típico borracho que nos dice, con toda “honestidad”, que es nuestro amigo y nos quiere. Por supuesto que no. La navidad va sobre la virtud incuestionable de tus viejos y decirle al prójimo que estás con ellos en el culto a la familia; como decir “adiós” quiere decir en muchas culturas mandar al otro con el dios que se tiene en común. Es simple tribalismo, y es fácil ver dónde caen las prioridades cuando se trata de acciones – no palabras.

A ver, ¿cómo nos sentimos realmente cuando decimos “feliz navidad”? ¿Hace falta un médium para darse cuenta de las emociones que subyacen a esa entonación vocal? ¿Realmente hace falta un observador muy agudo para percatarse de que la gente está cansada de semejante tontería, y de que la mayor parte del tiempo no se sienten sino que forzados por la presión del grupo, que se les viene encima cual lápida celestial?

Los niños a los que, de repente, se les conceden sus caprichos y se les hace sentir especiales tras habérseles negado la consideración más básica – como personas – comprensiblemente quieren tomarlo todo y no agradecerle nada a nadie; mucho menos decir “feliz navidad”. Quieren hacer exactamente lo mismo que tú quisieras hacer para satisfacerte – y con razón – si pudieras salirte con ello en medio de tanta “buena voluntad” en tu vida.

Tu “buena voluntad” adulta hacia otros es también tu renunciación temporal a aquellas luchas pre-adolescentes sobre el coche de tu padre que corría más, tu madre que era una santa… Todo esto tienes adentro mientras luchas por pertenecer a esta familia mayor, la sociedad, que tan bien refleja la original y su definición retorcida del amor. Esto es muy fácil de ver para cualquiera que tenga una pizca de honestidad hacia sí mismo, como es evidente para la cámara cómo las sonrisas y los gestos son artificiosos, y pasados al otro. Es ese agridulce que nunca te sentó del todo bien. Es el hecho de que te mintieron cuando eras niño.

Nunca te encontrarás con tu hijo – interno o real – ni pasarás un rato verdaderamente pacífico y gozoso, si no liberas el enfado que albergas hacia la navidad, cumpleaños y otras farsas similares; para hacer tu día a día especial por propio derecho, como así era cuando eras tan joven y lleno de virtud. Tampoco tu hijo te querrá si le sobornas o abusas de tu superioridad cognitiva; como sabes, tarde o temprano descubrirá la verdad sobre los reyes magos.