Bitcoin no quiere “anónimos” IV

La contradicción básica

 “Todo lo que rodea a un negocio puede hacerse de manera abierta para beneficio de toda la industria. El desarrollo de productos, planes futuros, investigación de mercado, finanzas; todo excepto los datos privados de clientes [!] que no deberían ser registrados de todos modos [¿por qué?] y, en el caso de los negocios ilegales por Tor, las identidades reales y ubicaciones de los propietarios. Necesitamos negocio abierto y negocios abiertos.”  Daniel Krawisz (The Correct Strategy of Bitcoin Entrepreneurship)

En las entradas anteriores vimos ya el carácter contradictorio de definirse como “anónimo”; el oxímoron de identificarse con la falta de identidad; y cómo esto, comprensiblemente, choca contra elementos bien establecidos acerca de la naturaleza humana, la diferenciación de los individuos, la consciencia, la realidad material de las personas, la economía y los intercambios… Mucho se cuece detrás de esto, porque fundamentalmente es una cuestión ética: ¿por qué quieres ser anónimo?

 La mayoría de quienes se entusiasman con Bitcoin lo hacen por motivos ideológicos, de liberación de los poderes injustos que violentamente se apropian de, y manipulan, el dinero – o sea, por motivos éticos. Los poderosos son “malos”, y ellos son “buenos”. Los poderosos quieren descubrirles porque quieren amenazarles y quitarles su libertad y posesiones; así que ellos encuentran en el anonimato una “garantía” para las mismas. Ya sabemos que las posesiones poco significan si no se insertan en un mercado real donde, inevitablemente, se asocian a la identidad de su poseedor – ya sea este el vendedor o el cliente. Lo mismo con la libertad: si no eres nada, a poco vas a ser libre.

Pero existe un problema más básico con esta idea, bien sencillo. El problema es que, si uno no está haciendo nada malo, no debería tener necesidad de esconderse, cuando esconderse responde a motivos éticos como los que nos ocupan. En tanto que existe esa necesidad, implícitamente se reconoce que uno algo “malo” estará haciendo, y que el poderoso tiene, en consecuencia, algo de “bueno”. He ahí la contradicción y la disociación psicológica correspondiente: “soy anónimo porque soy bueno… y malo”.

La psicología del anonimato

Los niños no nacen con culpa, vergüenza y sentimientos de autocensura irracionales o arbitrarios. Un niño manifiesta esos sentimientos con referencia a un cierto estándar de conducta moral que aprende de sus padres. Como este estándar es casi universalmente falso e hipócrita, y dirigido nada más que a la dominación del niño – a quien confunden en su lucha por ser bueno y ganarse su aceptación – es normal que su ser se rebele contra eso. El niño no entiende por qué se le castiga: no entiende por qué tocarse los genitales es “malo”; no entiende por qué comer con las manos es “malo”; ser egoísta; ponerse calcetines de distinto color; tener antojos; no querer ir a la guardería… lo mismo que los idiotas de sus padres – y los abusadores a los que estos lo exponen – tampoco lo saben. Tras muchos años de lo mismo, esa rebeldía y guerra consigo mismo se enquista en su ser, de manera quizás irreversible.

A-boy-hides-in-a-basket-008.jpg

Así, del apego a los padres y demás autoridades brutales, surge la necesidad de esconderse para hacer cosas que, no siendo malas en sí mismas, serán castigadas como si lo fueran. Esto no es nada nuevo para quien se conoce a sí mismo y el mundo ordinario en que vive. El castigo explícito no es necesario porque nos castigamos a nosotros mismos desde nuestra confusión e inmadurez ética; y al menos la privacidad es necesaria para que este no se produzca y refuerce, falto el anonimato. La imposibilidad de resolución del conflicto – porque es acerca de imperativos morales falsos bien arraigados – causa su repetición compulsiva incluso cuando, ya adultos, tenemos toda la libertad e inmunidad para ser “malos”: “que no se sepa esto, o lo otro”; “que no me vean”; “que no me encuentre con aquel fulano, porque no quiero hablarle ahora y eso estaría mal”…

Así, irónicamente, es siendo “malos” de esta manera como inconscientemente sostenemos el status quo, porque quienes nos someten violentamente en base a esas falsedades hipócritas siguen siendo “buenos”. A menos que estés jugando al escondite, o algo parecido, en la medida en que te quieres esconder otorgas superioridad moral a aquellos de quienes te escondes. Tu mujer te castiga porque detecta que, en el fondo, reconoces que te lo mereces…

“Bitcoin es cosa de niño malo, y por eso tengo que usarlo como anónimo”…

 Dices en tu fuero interno… Pero Bitcoin no es malo. Por supuesto que no. Los gobiernos son malos. ¿Entonces para qué quieres esconderte? Querer esconderse no es lo mismo que tener que esconderse. Dicen muchos que “quien se esconde es porque algo malo hace” es una falacia, y tienen razón porque existen motivos prácticos para esconderse. Pero es que la cuestión de Bitcoin y el anonimato es una cuestión ética, como todos sabemos; y cuando uno quiere algo en términos éticos está hablando del imperativo mayor que existe; del mayor caudal de energía humana: del uso justo de la fuerza. Entonces, naturalmente, uno esperaría una justificación racional de que esto sea una conducta universalmente preferible.

Los negocios ilegales que usan Tor tienen que esconderse, porque si no lo hacen irán a la cárcel; pero muchos de quienes los integran de hecho preferirían esconderse para siempre, y ven en ello una cuestión de derecho e identidad. Si hablamos así de la bondad o maldad moral de una determinada acción como usar bitcoins, entonces claramente querer esconderse para realizarla sí es un reconocimiento de la preeminencia de los valores que la prescriben – y una validación de la culpa resultante. Para refutar esto vale con dar ejemplos de cómo esconder una acción está justificado desde un punto de vista ético (“esconderse está bien porque… [insertar justificación objetiva]”), no estético, personal, práctico, o de defensa propia. Bienvenidos son. De lo contrario esto del “anonimato” pasa a unirse a la larga lista de fanatismos condenados al sepulcro histórico por el avance de la razón.

Bitcoin quiere una economía abierta – y coherente

Una economía Bitcoin abierta no sólo está justificada desde un punto de vista ético, sino también práctico y necesario para la salud de la moneda. Daniel Krawisz así lo defiende en sus artículos de manera brillante; pero, como en la cita de arriba, siempre inserta apelaciones al anonimato (léase falta de apertura) de manera contradictoria. ¿Por qué? ¿Por qué no se deberían recoger datos de clientes? Si monto una empresa Bitcoin que los recoge (notablemente una compañía de seguros) y muestro la apertura empresarial que él recomienda, ¿vendrá la armada de Daniel a amenazarnos, o me excluirán a mí y a mis clientes de sus servicios porque no llevamos máscara? Bueno, entonces nos ponemos máscara para eso, y ya… pero entonces, ¿cómo nos excluirán? ¿Cómo harán valer ese principio de que no deben recogerse datos de los clientes?

En qué quedamos, ¿hablamos de la economía Bitcoin, carente de un aparato coercitivo, o de la economía estatal? ¿Hablamos de querer esconderse, o de tener que esconderse?

En efecto, la apertura total en la economía Bitcoin, también por el lado de los clientes, está más en línea con la filantropía especulativa a la que él mismo se refiere (ver la cita en el inicio de este artículo), sin mencionar que proporcionaría un análisis de mercado infinitamente superior. Obviamente, puesto que necesitamos “negocios abiertos”, la apertura también debe venir por parte de los clientes; si es que estamos hablando de un mercado libre donde todo el mundo hace negocio, o donde los intercambios económicos son de mutuo beneficio. ¿Por qué sólo apertura para la empresa y no para el cliente? Cierto que el cliente tiene los bitcoins, y este es el principal activo; pero la empresa tiene los servicios, y estos también son escasos y deseados.

Lo que pasa es que, debido esa raíz ético-psicológica de autorechazo, la visión del “anónimo”  del poder centralizado es colectivista, porque el poder centralizado es la propia naturaleza del anonimato. Desde la igualdad que les proporciona la falta de identidad, se unen contra la centralización de recursos, como cualquier marxista; cuando al mismo tiempo conservan el poder centralizado de poder desertar, como cualquier elitista. Esto refleja la misma hipocresía que tiene cualquier político de izquierda o derecha: si es por la izquierda (el “anónimo” como un colectivo) es que el poder centralizado “debe someterse”; si es por la derecha (el “anónimo” como un individuo) es que este “debe someter” y reinar.

 Dice Daniel: “Es demasiado desperdicio testear ideas en experimentos con negocios reales. Todos los modelos de negocio deben ser detenidamente criticados con antelación, y sólo los más necesarios, para los que tenemos tiempo, deben ser creados. Esto no es planificación central; es emprendeduría por consenso. Nadie será forzado a seguir ningún tipo de idea; simplemente cooperar será lo que más interesará a todos.”

 No, esto sí es planificación central en tanto que se usa el verbo deber. También es la típica demagogia política en tanto que se confunden los deseos propios con los deseos “de la gente” en aras de un cierto “interés común” que, como siempre, y como hemos visto, se deja sin justificar. Esto no es nada nuevo en la negra historia de los gobiernos y las religiones; pero claro, como los niños “no existen”, ni el desarrollo cognitivo moral tampoco, pues “nadie está apelando” a ningún tipo de violencia… ¡Qué poco se conocen siempre los ideólogos!

bitcoincarebears.gif

Tristemente, estas ilusiones de libertad no abandonan el campo de la virtualidad y la confusión ética por los motivos de los que hablamos en moraluniversal.com. Sesgos que estropean hasta la mejor de las predicciones y recomendaciones económicas. Son cosas duras, pero hay que sacarlas a la luz; precisamente porque para vencer, y tener un mundo mejor, libre de verdad, necesitamos una estrategia no sólo parcialmente coherente.